dilluns, 7 de març de 2011

Errors perillosos a l'hora de triar parella

VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Pues no, siento decepcionarles, esta columna no se ocupa de las fiestas del magnate italiano ni va de jovencitas marroquíes. Hablo de batracios, de ranas, y lo cierto es que a las ranas macho (porque ranos suena muy feo) les gustan las hembras bien grandes, cuanto más grandes mejor (dentro de un orden, como veremos).

Evolutivamente les ha ido bien así, pues las hembras más grandes ponen más huevos y, en consecuencia, los machos que se aparean con ellas, si todo lo demás es igual, tienen mayor éxito reproductor. ¿Por qué razón, entonces, hablo de sexo con menores? El asunto surge cuando al país de las ranas normales accede una especie gigante foránea. Tal monstruo de más de medio kilo de peso es la rana toro, que vivía originalmente en América del Norte al este de las Rocosas y ha sido introducida desde hace un par de siglos en el oeste. Cuando en una charca del oeste se extirpan las ranas toro introducidas, la abundancia de anfibios nativos se multiplica por cuatro.

Los machos de la rana de patas rojas de California, una especie más pequeña, evitan a las grandes ranas toro porque, si pueden, estas se los comen. Las ranas toro juveniles de ambos sexos, en cambio, son tan sólo un poco mayores que las hembras de patas rojas y, en consecuencia, resultan para los machos aún más atractivas que sus parejas naturales. Como resultado, la frecuencia de cópulas (que en los batracios se llaman amplexos y consisten en abrazar con fuerza a la hembra por detrás esperando a que ponga, pues la fertilización es externa) de los machos de patas rojas es mucho más alta con la rana equivocada.

Cabe señalar que tal error no es muy raro, pues las ranas macho suelen ser poco selectivas en cuanto a especie y sexo, e intentan copular casi con cualquier otra rana. Sin embargo, los adultos a los que intentan forzar emiten un sonido que mueve al macho a darse cuenta de su equivocación y soltarlos. Las ranas toro jovencitas, en cambio, aún no han desarrollado el grito de suelta y tampoco pueden poner huevos, de modo que su única opción es esperar pacientemente a que su pareja abandone. Como es lógico, el amplexo con la rana toro “menor de edad”, que ocupa el tiempo y la energía de los machos de patas rojas, no origina descendencia, por eso la estudiosa Antonia D’Amore lo ha propuesto como un ejemplo de trampa evolutiva (escoger hembras grandes, que antes de la invasión de la rana toro era adaptativo, se ha vuelto ahora perjudicial).
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